Dibujo Infantil los dibujos de los niños
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el dibujante que llevamos dentro Volver

Muchas veces me he preguntado por el origen de mi interés por los dibujos de los niños. Y si éste es o no, anterior al que profeso al arte de los adultos; a las obras de Cèzanne, Picasso y el cubismo; a los abstractos contemporáneos o a toda la buena pintura. Me pregunto si mi pasión por los garabatos infantiles ha precedido o no, a la que siento por los de los adultos garabateadores, esos profesionales cuyas obras cuelgan de las paredes de los museos. O si, en un ejercicio introspectivo, he de buscar el origen de tanto interés en mis experiencias infantiles, en los garabatos, que hice de muy niño. Decididamente creo que la atracción que siento hacia el dibujo de los niños no tiene fecha; que se pierde en lo más remoto de mi memoria; en lo que quedó grabado en ella de aquel dibujante primerizo. En efecto, algunos de los recuerdos más antiguos y más intensos de mi infancia tienen que ver con las experiencias del niño dibujante. Una de las más emocionantes e intensas tuvo lugar en Reinosa, población en la que pasaba un tiempo al cuidado de la abuela y unas tías. No tenía entonces más de 6 años cuando, con el dinerillo de una propina, me aventuré, no sin cierto temor, a entrar en una pequeña y sombría tienda en cuyo escaparate se mostraban, junto a otras cosas, algunos artículos de papelería. Atemorizado me acerqué al mostrador y pedí un lápiz y unas cuartillas blancas. Conservo viva la emoción táctil de aquel hermoso “tacto” de hojas, de su volumen (no eran menos de 30 ó 40) y de su blancura y las recuerdo apiladas en el extremo de un acristalado y luminoso mirador donde solía recluirme en mis juegos. Como le ocurre al artista ante el lienzo blanco en la soledad de su estudio, creo que aquellas hojas me daban la oportunidad de, refugiándome en mi mismo, escapar del mundo opresor de los adultos. Incluso del agitado, bullicioso y perturbador de los otros niños. Aquellas hojas eran como espacios íntimos en los que soñar y dar cuerpo por medio del dibujo a mis fantasías de niño.

Estas reflexiones encuentran su confirmación y su certeza en otra experiencia, no memos intensa, que tuvo lugar un año más tarde. En el escaparate, ahora de una lujosa librería, por la que pasaba todos los días al ir al colegio, llamó poderosamente mi atención un vistoso libro titulado “El mago pintor” en cuya portada aparecía, recortado y a todo color, la figura de un pájaro que, con una brocha, pintaba sobre un enorme lienzo. Aquel libro reclamó tanto mi interés que, tras sucesivos intentos por hacerlo mío, logré me lo regalaran el día de mi cumpleaños. La desilusión que experimenté al abrir aquel sugestivo libro no fue menor que la fascinación que, un año antes, me produjeron las humildes cuartillas blancas y la experiencia quedó, de igual modo, grabada para siempre en mi memoria. Al abrir el libro me encontré en la primera página la silueta de un enorme elefante coloreado de verde y en la página contigua la misma imagen, ahora en blanco, dispuesta para ser coloreada. Así se sucedían, una tras otra, todas las páginas del libro: una casa coloreada y su silueta en blanco, un loro, un coche, etc. ¿Qué esperaba yo de aquel sugestivo libro para recibir tan fuerte, negativo e imperecedero impacto? Sin duda esperaba encontrarme con una sucesión de hojas blancas en las que, como ocurrió con las cuartillas, poder expresar de forma libre y personal mi mundo, mis inquietudes y mis sentimientos. Hoy, cuando veo dibujar a un niño, veo a aquel otro que, recluido en el ángulo de aquel luminoso mirador, refugiado en la soledad de su mundo interior, indagaba en los límites y en el perfil de su Yo más íntimo. A. M.